6. La Creyente

La Creyente

Lo que una mujer puede desear es tener un hogar estable, bonito y con sus hijos. Yo lo tenía. Era un hogar muy bonito, muy bello, maravilloso pero lastimosamente una mujer se metió en el camino de mi ex-esposo y nos abandonó. 

Luché. Luché como madre soltera para sacar a mis hijas adelante ¿Sí me ayudó? Él se fue con esa mujer. Se desentendió de sus hijas por completo.

Yo ví por ellas. Las vestía, calzaba sus zapatos, me preocupaba si comían o no comían. Todo aquello que debe hacer una madre para sus hijas. En varias ocasiones tuve que dejar de comer yo para que ellas pudieran comer, y muchas veces me fui a dormir sin cenar. Pero no me malentiendas, no me importa, lo hago y lo hice con mucho amor por ellas. Mis hijas son lo primero.  

Agradezco a mi madre que me enseñó a lavar, planchar y asear la casa, porque con eso yo hacía lo que podía para encontrar trabajo. Trabajé muy duro, pero allá en Honduras casi no hay empleos, y más si alguien ya está en sus cuarenta y tantos años. Yo tengo 40 años, y tampoco hay empleos allá para la mujer.

“Con todo eso se me presentó la oportunidad de venirme a México, y pues yo me vine. Sin saber qué es lo que puede pasar en mi vida, pero dije: yo tengo que darle un mejor futuro a mis hijas. No veía futuro en Honduras”.

Eso me dolió bastante. Yo sé que su padre tenía un buen trabajo, aún lo tiene -es una frutería-. Nunca se dignó a darle un bocado a sus hijas, por eso tomé la decisión de agarrar a mis hijas y venirme. Me aguanto este camino por ellas. 

Salí el 31 de octubre con mis hijas. Una tiene 15 y la otra 14. Tomé un autobús y fui conociendo gente en la calle y nos topamos con un muchacho. Supuestamente él llevaba a otras personas. Platicando me dijo: yo les voy a ayudar sin ningún interés, no se preocupen. Usted es buena persona. Así que me vine con él, sin conocerle, vine con él a México. 

En una ocasión a media noche nos fuimos en una balsa por un pantano. Éramos 50 personas. Fue horrible, mis hijas se traumaron. En ese pantano solo mirábamos las cabezas de los cocodrilos levantarse. Mis hijas miraban y luego me volteaban a ver con lágrimas, yo sólo les decía: tranquilas, Dios tiene el control, ¿qué más les podía decir?

Él muchacho que nos ayudó iba con nosotros, y solo me decía: tranquila que todo va a salir bien. Fue eterno, solo veíamos a los cocodrilos asomar sus cabezas, y si uno se acercaba, podía voltear la balsa y tirarnos a todos.

Mis hijas me abrazaban. Yo las abrazaba a ellas. Trataba de darles fuerza y ellas me decían: mamá, abrázanos porque si damos vuelta, al menos caeremos juntas. Fueron 45 minutos. 45 minutos que por el terror se sintieron eternos. Después, solo nos quedaba caminar por los montes día y noche, algunas veces dormíamos a la orilla de las vías del tren. 

Ese muchacho desconocido nos ayudó a cruzar el río. Años atrás a su hermana la ayudaron a cruzarlo, y ella le hizo prometer que si un día veía a alguien batallando, lo apoyaría en la travesía. Eso hizo. Nos ayudó a llegar a Estados Unidos. 

Pero nos devolvieron. Nos agarró migración, porque yo me entregué. Había escuchado que si tienes niños, te dejaban pasar, y no fue el caso. Estuvimos una semana en migración. Sin bañarnos, sin nada, comiendo en el piso. Parecía una cárcel con aire helado. Nos dijeron después de una semana que no estaban dejando pasar a las madres con sus hijas, y que el asilo se estaba haciendo en México. Entonces nos tiraron para acá. 

Al llegar aquí a México, pregunté por albergues. Un oficial me dijo que agarrara un taxi, pero que mejor esperara a un pastor para que nos ayudara ¿Por qué? Me recomendó que no me subiera a un taxi, que mis hijas no están feas, sino que bonitas. Y eso haría que cualquier hombre quisiera abusar de ellas. 

Esperé un rato por la llegada del pastor. Para esto estaba con mis hijas en Nuevo Laredo. Al llegar, él nos llevó al albergue que manejaba, estuvimos ahí dos días. Logré ponerme en contacto con mi hermano, y él me dijo que me fuera de esta zona (al igual que el pastor) porque ahí se mueven los cárteles.

“Tú andas con dos niñas. Te pueden querer quitar a esas güirras el cártel”.

El padre me dijo que me fuera mejor a Monterrey, que ahí estaríamos más seguras. Al llegar a la ciudad, le pido ayuda a uno de los taxistas. No soy mentirosa, y le digo que no tengo dinero, pero que si me podría ayudar a llegar a cierto albergue. Este acepta pero se niega. Que cualquier otro albergue menos ese, porque era peligroso, había más hombres que mujeres, y yo venía con dos niñas. 

¿Algo que extrañe de mi hogar? ¿Te refieres allá en Honduras? Extrañaría de allá a mis hijas, si estuvieran allá, pero como las tengo aquí, lo tengo todo.